Creatividad, Curiosidad, Emprendimiento.

Nuestra sociedad ha tendido siempre a venerar la inteligencia intuyendo en ella una capacidad de logro o éxito mayor. Pero la inteligencia y el éxito son términos relativos que varían según el modelo de sociedad en el que nos desarrollamos. En la edad media, se valoraba la capacidad estratégica para la guerra y el liderazgo de un ejército. En la Antigua Roma podría ser la capacidad para moverse entre los complicados círculos políticos sin ser envenenado o acuchillado. La Revolución Industrial, El Renacimiento, El Siglo de oro, han tenido cada uno su modelo de éxito.

El modelo del siglo XX ha sido, sin duda, el éxito académico. Un niño que rinde bien en la escuela, recibirá más atención de sus maestros, desarrollará mejor su autoestima, irá a la Universidad, podrá elegir las mejores carreras y ésto, probablemente, le llevaría a puestos de trabajo mejor remunerados.

En el siglo XXI y aunque la escuela aún no se ha dado cuenta, el modelo de éxito viene de la mano de la creatividad, el emprendimiento, la innovación, y la capacidad de reinventarse continuamente, para depender, no de una empresa, no de un Estado o una situación económica, sino de los propios recursos y habilidades, en un entorno complejo, diverso y cambiante.

Sin embargo, una cosa es lo que la sociedad asimila al término “inteligencia”, -en general relacionado con el éxito de acuerdo al modelo de cada momento, o al alto rendimiento en un área-,  y otro lo que la psicología y la neurociencia entienden como inteligencia, -es decir y simplificando, una mayor capacidad o potencial para destacar en una determinada área (o varías)-.

Esta doble acepción lleva a muchos -padres y educadores- a creer que el hecho de tener un alto rendimiento académico nos asegura alcanzar grandes logros, o nos pone en el camino de lograrlos, o nos dota del potencial para lograrlos. Así, cuando esto no sucede, se genera un sentimiento de decepción o frustración que puede conllevar otro tipo de traumas o pequeñas neurosis.

La crisis mundial que estamos atravesando, nos trae un nuevo paradigma empresarial, profesional y educativo. Entenderlo para prepararse y afrontarlo de la mejor forma posible es responsabilidad de los individuos, las escuelas y las organizaciones empresariales. Un buen expediente académico no garantiza, ni presume, ni predispone, tener “éxito” en la vida. La hiper-inflación académica que estamos viviendo, con un elevado porcentaje de jóvenes que despliegan uno o más títulos universitarios y cursos de post-grado o master de formación, hace que éstos carezcan de un valor diferencial en si mismos. La desconexión de la Universidad con la Empresa esta siendo cada vez más discutido.

Las corporaciones hoy, o las oportunidades de emprendimiento, no ponen a prueba nuestro rendimiento académico, no al menos en el sentido clásico en el que lo entendemos, como la capacidad de memorizar conceptos y repetirlos en el mismo modo en el que los hemos aprendido. La exigencia hoy pasa por ser capaz de transformar y aplicar ese conocimiento para generar nuevas ideas, procesos o métodos. Pero también para saber asumir retos y aprovechar las oportunidades que se nos presentan.

Esta capacidad para obtener logros, para alcanzar nuestras metas, es algo que depende de cada uno, pero también es algo para lo que la educación, en la familia y la escuela, deben preparar.

Tomas Chamorro-Premuzic es el CEO of Hogan Sistemas de Tasación, Profesor de psicología aplicada a la empresa en la Universidad de Londres y decano de la facultad de la universidad de Colombia.

Reproducimos aquí un artículo suyo sobre los tres factores principales que, combinados entre si, explicarían por qué unas personas consiguen llegar más lejos en sus objetivos que otras:

“Todos estamos de acuerdo en que vivimos en la era de complejidad, lo que implica que el mundo nunca ha sido tan complicado. El vertiginoso ritmo de los cambios tecnológicos y la inmensa cantidad de información que estamos generando. Si pensamos que filósofos como Leibniz (siglo XVII) o Diderot (siglo XVIII) ya se quejaban de la saturación de información. La “horrible masa de libros” a la que se referían, representaría ahora sólo una pequeña porción de lo que lo que sabemos hoy en día, y lo que sabemos hoy, será igualmente insignificante para las futuras generaciones.

En todo caso, que la complejidad sea relativa a las distintas épocas es poco relevante para aquellos que tienen que lidiar con su complejidad diaria. Así, quizá la pregunta que debiéramos hacernos no es tanto si nuestra época es más compleja que las anteriores, sino, ¿Por qué algunas personas parecen manejar mejor esta complejidad?. Aunque la complejidad depende del entorno, también tiene que ver con la disposición de cada persona.

En particular es la conexión entre tres conceptos psicológicos lo que habilita a la persona para manejar mejor o peor las situaciones complejas:

1 ) CI : Casi todo el mundo conoce el CI como medida o cociente intelectual, mide la capacidad de respuesta a test de habilidad mental, razonamiento abstracto y relación de ideas. Pero pocos saben –o quieren saber- que el CI no tiene relación con un amplio rango de aspectos de la vida real, como el desempeño laboral o el éxito en la trayectoria profesional. El principal motivo es que un CI elevado es un concepto abstracto, que demuestra una habilidad para resolver problemas lógicos, pero desconectado de los problemas que hay que resolver en la vida diaria. El CI es, sin embargo, un buen predictor de nuestro desempeño ante la complejidad.

Los entornos complejos son ricos en información, lo que genera mayor carga cognitiva y demanda una mayor capacidad mental o pensamiento deliberado. No podemos “navegar” en ellos con el “piloto automático”. El CI es una medida de esa capacidad mental del mismo modo que los megabytes o la velocidad de procesamiento son una medida de la cantidad de operaciones que un ordenador puede realizar en un tiempo determinado. También hay una correlación entre el CI y la memoria de trabajo, o nuestra capacidad para manejar múltiples imputs de información al mismo tiempo. “Trata de memorizar un número de teléfono al tiempo que preguntas una dirección y repasas tu lista de la compra, y tendrás una idea de tu memoria de trabajo. Sin  embarglo, los estudios muestran que entrenar nuestra memoria de trabajo no aumentan nuestra capacidad para manejar la complejidad a largo plazo.

2) CE: O Cociente Emocional, mide nuestra habilidad para percibir, controlar y expresar nuestras emociones. El CE se relaciona con la gestión de la complejidad en 3 sentidos :

–          Los individuos con un elevado CE son menos susceptibles de sufrir estrés o ansiedad. Las situaciones complejas exigen mucha habilidad para ser resueltas, lo que supone una fuerte dosis de presión y estrés. Contar con una elevado CE es como tener un amortiguador para estas sensaciones.

–          El control o inteligencia emocional, es un elemento clave en las relaciones interpersonales, lo que implica que personas con un mayor CE son más capaces para gestionar y “navegar” entre complejas organizaciones y relaciones “políticas” y así avanzar en sus carreras profesionales. De hecho, incluso en el hiperconectado mundo actual, muchas empresas no buscan perfiles tecnológicos, sino perfiles con altas habilidades sociales (liderazgo, organización, motivación, trabajo cooperativo, interacción, etc..), especialmente para los puestos de gestión y dirección.

–          Las personas con un alto CE, o inteligencia emocional, suelen ser más emprendedoras, dado que son más pro-activas a la hora de explorar nuevas oportunidades, asumir riesgos, y convertir ideas creativas en innovaciones reales.

Todo esto convierte la inteligencia emocional (CE) en una cualidad importante a la hora de adaptarse a entornos inciertos, impredecibles, cambiantes y complejos.

3) CC: “Cociente de Curiosidad” o tener una mente hambrienta. Las personas con una elevado CC son más curiosas e inquisitivas, abiertas a nuevas experiencias. Encuentran excitante la novedad y se aburren rápidamente con la rutina. Tienen a generan muchas nuevas y originales ideas y son anti-conformistas. Aunque este coeficiente o rasgo no ha sido tan estudiado como el CI, existe cierta evidencia de que esta cualidad es tan importante como el CI a la hora de enfrentarse a situaciones complejas, principalmente por dos consideraciones :

–          Las personas con un alto nivel de curiosidad toleran mejor la ambigüedad. Este matiz, sofisticado y sutil estilo de pensamiento define la verdadera esencia de la complejidad.

–           La curiosidad lleva a la investigación e indagación, y a una continua adquisición de conocimiento. Conocimiento y pericia, junto a la experiencia, convierten las situaciones complejas en situaciones familiares, por lo que la curiosidad es la herramienta definitiva capaz de generar soluciones simples para situaciones complejas.

Así, la curiosidad es un ingrediente esencial del aprendizaje, del emprendimiento, de la adaptación al cambio, de la innovación, de la implicación y motivación, de la eficiencia y la competitividad. Inteligencia emocional y curiosidad pueden ser desarrollados y potenciados desde la creación de un clima impulsor de procesos creativos.

Como Albert Einstein dijo : “No tengo talentos especiales, es sólo que soy muy curioso”

Artículo original  : https://hbr.org/2014/08/curiosity-is-as-important-as-intelligence/